Pulgarcito…

El pulgarcito de Centroamérica. Este es el apodo de la maravillosa tierra que
he tenido el privilegio de conocer: El Salvador.

El Salvador es un país situado en Centroamérica, de una extensión de 21.041
km. Al oeste su costa está bañada por el océano Pacífico, al norte se encuentra lindando
con Guatemala, al oeste con Honduras y al sur con Nicaragua. Este pequeño
país tiene grandes riquezas debido a sus diferentes climas, relieves y recursos. Es
mágico, en tan sólo una hora puedes pasar de un imponente volcán o de un bosque
nublado a una preciosa playa.
Para poder conocer y admirar el país, sus costumbres y a su gente, debemos indagar
un poco en su pasado. Por ello realizaremos un resumido viaje a través de su historia.
El Salvador junto con la región centroamericana, se independizó de España el
15 de Septiembre de 1821. Sin embargo, esta independencia de la corona Española no
fue efectuada por el pueblo, si no que se llevó a cabo por los españoles emigrantes,
terratenientes y sacerdotes, a través de un decreto. El objetivo de la independencia no
fue otro que dejar de pagar tributos a la corona española y de esta manera ellos obtener
mayor riqueza. En el acta de independencia podemos leer “Hay que hacer la independencia
por decreto antes de que el pueblo la haga de hecho”.

La Independencia fuera más que todo para ellos
y los pobres centroamericanos siguieran allá abajo
explotados, humillados, hambreados, engañados y dependientes.
(Roque Dalton, Poemas Clandestinos)

En Enero de 1825, ya decretada la independencia, se firmó una ley de privatización de las tierras comunales, a través de la cual fueron sustraídas las tierras a los pueblos nativos y entregadas a emigrantes españoles. A partir de ese momento se desarrolló la esclavitud en el cultivo del añil. Miles de indígenas murieron por las precarias condiciones de trabajo, y por las infecciones importadas por los europeos.

Esta situación hizo que en 1833 se llevara a cabo un levantamiento de las comunidades indígenas centrales, encabezado por Anastasio Aquino, con el objetivo de devolver las tierras a sus propietarios originales, los indígenas. A pesar de lograr la victoria, el gobierno se recompuso y le detuvo, juzgándole y siendo finalmente ejecutado. Su cabeza fue expuesta en una jaula con el rótulo: “ejemplo de revoltoso”.

Debido a la recesión mundial que se vivía en 1929, en El Salvador se produjo una gran crisis como consecuencia de que su economía dependía principalmente de la exportación de materias primas como el añil, el café o la caña de azúcar, cuyos precios bajaron sensiblemente. La crisis desencadenó un levantamiento indígena en la parte occidental del país liderado por Farabundo Martín y Feliciano Ama, con el fi n de luchar contra las duras condiciones e injusticias en las que vivía el pueblo. Este levantamiento terminó con un movimiento de represión llevado a cabo por el General Maximiliano Hernández Martínez, en el que murieron cerca de 32.000 personas.

A raíz de esta matanza y del miedo que rodeó todo el conflicto, se fueron paulatinamente abandonando los rasgos autóctonos y la lengua indígena. De esta forma el colectivo indígena se fue invisibilizando, hasta tal punto que hoy en día no se acepta su existencia y resulta muy complicado encontrar muestras culturales autóctonas en todo El Salvador.

A partir de 1970, la gente empezó a movilizarse y a implicarse en los procesos electorales. Estas iniciativas fueron duramente reprimidas y la población se vio sin ninguna opción. El gobierno y los partidos dirigidos por militares, impedían el acceso al poder de cualquier otro partido político a través de la vía electoral, lo que hizo que el pueblo viera como única salida la lucha armada.

La guerra como tal, se declaró el 10 de octubre de 1980 con la unión de las distintas fuerzas revolucionarias que habían nacido en 1972, conformando así el FMLN (Frente Farabundo Martín por la Liberación Nacional), actualmente partido con gran representación en los distintos municipios del país, y que, después de 20 años como partido en la oposición, ha ganado en 2009 las elecciones generales, con la gran esperanza que esto conlleva.

Esta guerra se prolongó 12 largos años y provocó más de 80.000 muertos. Su duración se debió en gran parte a la intervención de Estados Unidos durante la guerra, subvencionando al gobierno, en distintos periodos, con un millón de dólares diarios según estimaciones. Podríamos decir, que la guerra pasó a ser una lucha entre el los intereses de Estados Unidos y la guerrilla salvadoreña.

En 1992 se firmaron los Acuerdos de Paz en el Castillo de Chapultepec (México) entre el gobierno y la guerrilla. Estos sirvieron como acuerdos políticos para establecer una apertura democrática, posibilitando la participación en las elecciones de partidos políticos de cualquier índole. Sin embargo los acuerdos económicos y sociales transformadores que el país necesitaba, para encontrar solución a los problemas reales de los salvadoreños y salvadoreñas, no se llevaron a cabo.

La realidad en este momento tras 16 años de los acuerdos de paz es:

– Un nivel de pobreza altísimo. El 40% de la población subsiste con menos de dos dólares diarios. – Un sistema sanitario lamentable, sin recursos, e inaccesible para la mayoría de los habitantes por su costo.

– Un sistema educativo muy deficiente, siendo El Salvador uno de los países que menor presupuesto destina para esta área en Latinoamérica.

– Una tasa de violencia de las más altas a nivel mundial. Según datos de la Policía Nacional Civil, en el año 2007, se registraron 3,491 homicidios (hombres y mujeres), con un promedio de 9.7 personas asesinadas diariamente.

– Una economía que pierde fuerza en el sector primario (agricultura y pesca) y en el secundario (ingeniería y manufacturación) y que depende cada vez más del sector servicios (hoteles, restaurantes, comercios, construcción, electricidad, agua, etc.) y de las remesas enviadas por los salvadoreños y salvadoreñas que residen en los Estados Unidos.

Además a esta situación debemos sumarle la gran deuda externa con Estados Unidos. Todo ello crea una enorme situación de desempleo y un crecimiento económico prácticamente nulo. Además de esta situación debemos añadir la corrupción, el narcotráfico, el desfalco de dinero público, los intereses de empresas privadas, la persecución y asesinatos políticos, lo que hace casi imposible que el país pueda desarrollarse.

Llegado este momento me pregunto, ¿Qué se ha conseguido con el fi n de la guerra y los acuerdos de paz? Se ha logrado que ya no te maten por escuchar una canción como ocurría antes, pero los acuerdos de paz en realidad lo que han “logrado” es, entre otras cosas, que haya un gobierno sin poder, y que el país caiga en manos del grupo con mayor capital financiero unido a empresas multinacionales que lo explotan.

Una vez contemplada la situación actual de El Salvador, te hace pensar que ninguna de las partes salvadoreñas ganó el conflicto, parece ser que sólo hubo una victoria, y fue tal vez, la de aquel que subvencionaba con tanto dinero la guerra. Lo siento por los soñadores, pero nadie da nada por nada. Se ha conseguido lo que se buscaba crear; una dependencia, una deuda y la puerta abierta para continuar una política neocolonial.

Por todo ello el pueblo salvadoreño sufre, viendo, pobre de él, como la única y utópica solución es la emigración hacia otros países y principalmente hacia Estados Unidos. Un promedio de 400 salvadoreños y salvadoreñas diariamente abandonan el país en busca de otro lugar con más oportunidades. Lo que hace que una cuarta parte del pueblo salvadoreño (dos millones y medio aproximadamente) se encuentre fuera del país. Estos envían en muchos casos remesas a sus familias, como dijimos anteriormente, lo que tiene gran repercusión en la economía, pues la cantidad de dinero de las remesas es igual a un cuarto del producto interno bruto (PIB) del país, equivalente a un 80 por ciento del presupuesto nacional. De esta manera se crea una dependencia hacia los envíos demasiado peligrosa para la sostenibilidad de la economía del país, y hace a su vez que para miles de jóvenes la emigración sea la única meta, su única salida.

Llegado este momento voy a realizar una comparación para explicar la situación tal y como yo la he comprendido:

Veo El Salvador y a su pueblo como un boxeador cansado después de una larga y dura vida. Un boxeador que se encuentra en el ring a punto de ser derribado, recibiendo en el rincón uno y otro golpe. Pero no cae a la lona, sino que se mantiene sin saber bien porqué. Tal vez sea porque el boxeador que le golpea, no le deja pensar, no le da respiro para ello.

La gente, el pueblo, el mundo, que asiste al combate ya sea como forofo, invitado o periodista, observa la lucha. Unos aplauden, otros cierran los ojos, pero nadie hace nada. Unos pocos animan al boxeador que recibe uno y otro golpe, pero este no es capaz de tomar aliento, para pensar por sí solo, para moverse, para luchar.

El boxeador que golpea sabe lo que hace, le da golpes en los sitios estratégicos, donde baja la defensa, de manera que no piense, que no recobre el aliento. Eso sí, golpes “legales”, para que ningún público le pite o el árbitro no lo intente frenar. Pero éste tampoco le noquea, sino que mantiene el espectáculo, pues esto es lo que cuenta, cuanto más tiempo dure el combate, más apuestas, más minutos televisivos, más contentos todos, más dinero. Además, si el combate es largo, parece que hubo intercambio, lucha, tapando así la gran paliza, la humillación.

Y así, al día siguiente en la prensa pase desapercibido como un buen combate más en la vida, porque amigo lector seamos honestos ¿quién va a hacer caso al boxeo, teniendo el fútbol?

No es vergüenza lo que deberíamos sentir por la participación que hemos tenido en la historia de este país, ni tampoco orgullo como tantos españoles piensan sobre “la época de gloria del imperio español”, sino que tenemos que reflexionar y tomar conciencia de lo se ha hecho y de lo que se está haciendo. El pasado no está tan lejos; hoy en día se repite la historia, distintos países son tomados, despojados de sus riquezas, matadas sus gentes, impuestos gobiernos… Poca diferencia con el colonialismo de hace siglos. De una manera o de otra la historia se repite, y nosotros seguimos siendo simples espectadores de tantos y tantos combates de boxeo.

En mi estancia en El Salvador he conocido grandes peligros que amenazan a su pueblo. La minería, termoeléctricas, empresas extranjeras que explotan al pueblo sin dejar ningún beneficio, expropiación de las tierras, proyectos de turismo que atentan contra los derechos del pueblo a favor de los intereses de unos pocos, etc. Todo esto me genera una sensación de tristeza y dolor mezclada con otra de rabia, lucha y justicia.

No obstante hay algo que me ha ilusionado: el pueblo salvadoreño no va a esperar de brazos cruzados. En mi estancia allí he vivido como los salvadoreños y salvadoreñas empiezan a protestar, a organizarse, parece que el boxeador está recuperando el aliento y se inician movimientos indígenas, movimientos urbanos, creación de foros, mesas, asociaciones, marchas, etc. Esta fuerza que poco a poco el pueblo retoma es la esperanza. Se ha intentado de mil formas adormecer a este pueblo, pero no se han dado cuenta de que un pueblo con hambre y con dolor no puede dormir. El pueblo salvadoreño ya se ha cansado de ver morir su tierra, de no ver el futuro de sus hijos.

Por ello, por nosotros, por este pueblo y por todos aquellos que viven este tipo de situaciones y peores, no debemos mirar a otro lado, no seamos simples títeres, reflexionemos y actuemos, porque en nuestras manos, en nuestras pequeñas acciones diarias, está el cambio.

Tendremos que arrepentirnos en esta generación, no tanto de las malas acciones de la gente perversa, sino del pasmoso silencio de la gente buena. (Martin Luther King)

Fuentes consultadas:

  • El Instituto Centroamericano de Administración Pública (ICAP).
  • Dirección General de Estadísticas y Centros, Ministerio de Economía de El Salvador.

 

Texto pertenenciente al libro “Al otro lado del charco” (2009)

Sergio Carneros Revuelta

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