La continuación de la escuela: debate abierto

En la escuela, como sucede en otros ámbitos, aún no se han incluido muchos de los conceptos y enfoques transformadores que los autores y autoras de siglos anteriores promulgaban y que se aceptan mayoritariamente. Reich (1993), a finales del siglo XX, ya alertaba de que en muy pocos centros educativos (en apenas un 15% en Estado Unidos) se había iniciado el esperado tránsito hacia una escuela que priorice el pensamiento, la experimentación o el trabajo cooperativo sobre el aprendizaje mecánico y basado en la memorización de conceptos y procedimientos.

La mayoría de las ideas recogidas en el epígrafe anterior siguen siendo nuevas, modernas y revolucionarias. Por ejemplo, la “Escuela Nueva”, que fue impulsada a finales del siglo XIX y que es promovida a lo largo del siglo XX, se continúa buscando instaurar en la actualidad por profesionales e instituciones, siendo aun sorprendentemente novedosa. Esta lentitud de la escuela contrasta con la creciente velocidad con la cual los descubrimientos en otras áreas (tecnología, comunicación, salud…) logran incidir y transformar las prácticas cotidianas. Estos grandes cambios actuales también exigen que la escuela heredada del siglo XX deba transformarse. La globalización, la demanda de una Justicia Social y Ambiental, las tecnologías de la información y de la comunicación, los cambios sociales, políticos y laborales y los avances en investigaciones relacionadas con el aprendizaje, son aspectos que exigen cambios en la escuela (Orcasitas García, 2004; Sarramona, 2002; Sawyer, 2008).

La escuela necesita replantear sus fines, sus contenidos, sus formas de transferir y desarrollar la cultura, sus procedimientos de gestión y organización (Fernández Herrería y Carmona Orantes, 2009). Además, el siglo XXI demanda que la escuela no solo atienda a grupos reducidos y privilegiados, sino que incluya y eduque a toda la población, independientemente de su estatus económico, característica, género, cultura o capacidad (Sancho, 2009). Por tanto, ¿con qué objetivo debe trabajar la escuela? La escuela actual ya no debe responder a las necesidades de la sociedad industrial, donde el objetivo es la estandarización y la transmisión de unos aprendizajes y capacidades muy específicos (Sawyer, 2008). Las tecnologías de la información y de la comunicación han creado una sociedad del conocimiento, lo que exige una escuela que responda a la necesidad de producir y distribuir conocimiento, no cosas (Bereiter, 2002; Drucker, 1993). Esto justifica los grandes cambios que vivenciamos en nuestros días y “proyecta hacia el futuro un objetivo atractivo para la humanidad: que el conocimiento sea el motor de la sociedad” (Homs, 2008, p. 177).

La sociedad del conocimiento, las contribuciones científicas de ámbitos como el de la neurociencia o el paso de una educación monoalfabética, donde el texto escrito es la principal forma de adquirir y representar el conocimiento, a una educación multialfabética, donde se diversifican las formas de leer y escribir, nos obligan a considerar nuevas formas de producción, representación y transmisión del conocimiento (Cope y Kalantzis, 2000; Fischer, 2009; Gibbons et al., 1997; Kress, 2003; Sawyer, 2006).

La sociedad actual requiere nuevas capacidades que no se traducen únicamente en saber hacer ciertas tareas concretas, sino que se necesitan capacidades complejas acordes con la polivalencia y el cambio permanente y rápido que caracterizan a los nuevos procesos productivos. Se requiere como señala Gallart (2002):

La capacidad para captar el mundo circundante, ordenar impresiones, comprender las relaciones entre hechos observados y actuar en consecuencia. (…) saberes transversales que puedan ser actualizados en la vida cotidiana, lo cual se demuestra en la capacidad de resolución de problemas. (p. 45)

Además, la escuela del siglo XXI debe tener en cuenta que el aprendizaje se produce en cualquier lugar y no solo en el aula o bajo el control de un docente (Rogoff, 1990). Estamos ante una sociedad repleta de información y que exige tener en cuenta que el aprendizaje continúa toda la vida y se da en cualquier lugar (Carneros et al., 2015). La escuela ha dejado de ser el canal único mediante el cual las nuevas generaciones entran en contacto con el conocimimiento y la información. El fenómeno educativo está presente en muchas prácticas sociales, más allá de la escuela (Beech, 2006).

Delval (1990, 2007) y Reich (1993) coinciden en la idea de que la escuela no es capaz de afrontar los retos necesarios del mañana en ningún país del mundo. Delval es muy crítico al respecto:

Así pues, podemos afirmar que el tipo de enseñanza que se proporciona en la mayoría de las escuelas, incluidas las de los países más desarrollados, tiene como objetivo la producción de individuos sumisos y contribuye al mantenimiento del orden social, es en muchos aspectos una preparación para el trabajo dependiente y alienado, por lo que limita los cambios sociales y constituye un freno al potencial creativo de los individuos. (Delval, 1990, p. 174)

Es probable que, como afirma Brunner (2001), estemos frente a una nueva revolución educacional: las transformaciones del entorno son de tal magnitud que hacen prever una revolución de alcance similar a las que originaron la escolarización, la organización estatal de la educación y la masificación de la enseñanza (Gvirtz, Grinberg y Abregú, 2007).

Tanto el entorno en que opera la escuela como los propios fines de la educación están siendo transformados drásticamente y raídamente por fuerzas materiales e intelectuales que se hallan fuera de la comunidad educacional, pero cuyos efectos sobre ésta serán inevitables. (Brunner, 2001, p. 206)

Por tanto, el siglo XXI dicta modelos de comportamiento, valores y formas de vida que están transformando la cultura y la sociedad y que exigen a la escuela cambios (Castells, 2006). A este nuevo escenario se le deben sumar prioritariamente los cambios que exigen movimientos educativos, sociales y ambientales como son los relacionados con la igualdad de género, la democracia y la horizontalidad, la educación inclusiva, el respeto, la diversidad cultural y familiar, la eliminación del fracaso escolar, la mejora de la infraestructura y del espacio, la escuela verde, el trabajo por competencias, la eliminación de la parcelación de contenidos o la innovación en la evaluación (Acaso, 2013; Ainscow, 2009; Carneros et al., 2015; Rogero, 2010; Díaz, et al., 2013).

En la actualidad, para afrontar estos retos y dilemas escolares, encontramos tres modelos de respuesta: la escuela convencional, la escuela alternativa y la alternativa a la escuela (el homeschooling o la desescolarización). En las siguientes publicaciones las abordaré.

Sergio Carneros

Referencias de los autores/as citados: Aquí

Para citar: Carneros, S. (2018). La escuela alternativa: un modelo en búsqueda de la Justicia Social y Ambiental. Tesis doctoral. Universidad Autónoma de Madrid.

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