Carencia de poder desde la escuela

El concepto de poder, según Batallán (2003), incluye un vasto conjunto de significados:

Asociado con la violencia, atraviesa prácticas como el dominio, el disciplinamiento y la coerción, pero también se expresa en prácticas como la negociación o los acuerdos entre partes no simétricas. Hace referencia a formas y contenidos respecto de la toma de decisiones que involucran la interacción humana y con la naturaleza. (Batallán, 2003, p. 680)

Young (2000b) señala que las personas carentes de poder son aquellas que carecen de autoridad y por ello deben aceptar órdenes y rara vez tienen derecho a darlas. A su vez también designa una posición en el ámbito social y en la división del trabajo, dejando a las personas pocas oportunidades para desarrollar y usar sus capacidades.

Quienes carecen de poder son llamados “diferentes” por razones de nacionalidad, religión, cultura, elección sexual, edad… y sufren discriminación y exclusión (López et al., 2011). Además, tienen escasa autonomía laboral, disponen de pocas oportunidades para la creatividad, no utilizan casi criterios propios en el trabajo, no tienen conocimientos técnicos, se expresan con dificultad especialmente en ámbitos públicos o burocráticos y no imponen respeto (Young, 2000b).

Según Foucault (1978), el poder en manos del grupo dominante posee esencialmente el papel de mantener las relaciones de producción y una dominación de clase que favorece su desarrollo, así como la apropiación de la fuerza productiva que lo hace posible para comprender la desigualdad y los graves desajustes sociales y ambientales. Las desigualdades, unidas a rápidos procesos de marginalización y exclusión social, ha sido la nota dominante de un capitalismo liberal que ha permitido a su vez la concentración de grandes riquezas materiales y de poder en unas élites minoritarias (Martínez Rodríguez, 2013). Basta con decir que el 10% de las personas más ricas tiene el 85% del capital mundial (Sen y Kliksberg, 2007) para comprender la carencia de poder y la falta de Justicia en la distribución.

Las escuelas han impuesto al alumnado un plan de estudios que promueve solo una perspectiva, la del grupo dominante (López et al., 2011). Están definidas por una estructura jerárquica que fomenta la negación, minimización o no-reconocimiento del poder que pudiera ejercer el alumnado. El poder es entendido como el ejercicio de la dominación, del aplacamiento, del logro del sometimiento a una autoridad y la imposición material y simbólica (Arancibia, 2008). Bajo este poder, el alumnado es sometido tradicionalmente a un adoctrinamiento que define en gran medida su manera de pensar, sentir y actuar a lo largo de toda su vida.

Según Young (2000b) existe una división en obreros y profesionales, que designa el tipo de educación y que no solo atañe a la vida laboral del futuro alumnado, sino también a casi todos los aspectos de la vida social. Esta autora habla del concepto de respetabilidad, como una característica asociada solo a los profesionales y que los obreros y otros grupos sin poder, como por ejemplo las mujeres y personas de color, deben probar y demostrar. Esta respetabilidad dicta incluso el tipo de atuendo, de discursos, de gustos y de comportamientos. Esto estaría relacionado con la injusticia epistémica de Flicker (2017), en el sentido de que personas y colectivos son tratados de manera injusta sobre la base de injusticia testimonial (los prejuicios dominantes devalúan su credibilidad) e injusticia hermenéutica (las circunstancias del grupo hacen que las capacidades que posee para interpretar su propia experiencia personal se considere inadecuada).

En la escuela, desde la perspectiva de organización, toma de decisiones y gestión, existe un problema en la no distribución del poder (Ansión y Villacorta, 2004). Esta situación produce enormes consecuencias en los sistemas educativos, porque plantea la discriminación que le da énfasis a la distribución inequitativa del poder y en la consecuente imposibilidad de participar en condiciones de igualdad (Fraser y Honneth, 2006; Fraser, 2008). Por tanto, siguiendo a Murillo (2005), estaríamos ante una escuela ineficaz pues no consigue un desarrollo integral de todo el alumnado y se cumple lo esperado teniendo en cuenta su situación social, económica, sexual y cultural.

La escuela debería fomentar la democracia, la horizontalidad y la autonomía, independientemente de las características individuales, grupo o estrato socioeconómico. Como señala Paulo Freire (1997), cuanto más se le imponga pasividad al alumnado, tanto más ingenuamente tenderá a adaptarse al mundo en lugar de transformarlo, y continuará habiendo carencias de poder y opresión.

Sergio Carneros

Referencias de los autores/as citados: Aquí

PARA CITAR: CARNEROS, S. (2018). LA ESCUELA ALTERNATIVA: UN MODELO EN BÚSQUEDA DE LA JUSTICIA SOCIAL Y AMBIENTAL. TESIS DOCTORAL. UNIVERSIDAD AUTÓNOMA DE MADRID.

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